"La loba de la Calderera":
Durante las noches del largo invierno, en torno a la cadiera y con el chisporrotear de las llamas de fondo, eran muchos los temas de conversación pero siempre era mi abuelo quien contaba las mejores historias. Mis hermanos y yo permanecíamos boquiabiertos, escuchando lo que su abuelo le había contado.
Pero una noche se refirió a un caso verídico, que había sido relatado por su abuelo un anochecer cuando, acompañando a su padre:
Subíamos desde Nuévalos a Llumes. Haría buena noche, por lo que no sería necesario acelerar el paso. Dejamos a nuestra derecha el Monasterio de Piedra y, en el punto donde el camino cruza el Río, continuamos por su rivera en dirección a las Requijadas, lugar de difícil salida por sus verticales paredes, por las cuales, se precipitaba al vacío el río Piedra (según mi padre, haber seguido el camino de Campillo nos obligaría a prolongar la marcha durante media hora más). A mí, no me parecía la mejor decisión pues el camino del río era congosto y oscuro, pero no dije ni mu, menudos eran los tiempos para faltar al respeto del padre.
Una vez hubimos salvado la pared por la chimenea abierta en la misma, nos dirigíamos hacia la frontera con nuestro término municipal, la Calderera, caserío habitado por una veintena de personas que se habían trasladado desde Llumes a fin de reducir el tiempo del desplazamiento a las tierras que cultivaban.
Y es aquí donde me relató el suceso acaecido años atrás. Tenía que ver con una loba que andaba merodeando por la comarca, causando grandes daños en los ganados, especialmente durante los inviernos. Sus fechorías se contaban desde La Almunia hasta Molina; desde Gallocanta hasta Aniñon.
Parece ser que el animal tenía querencia por el agua de la laguna de Gallocanta. Esta es salada, por lo que se llegó a pensar que la loba era en realidad una bruja endemoniada. Lo cierto es que los rivereños de la laguna se apostaban durante la noche para dar caza a la loba y, al menor movimiento, agotaban sus plomos. Al resplandor de sus teas, no encontraban el menor rastro del animal. Al alba, encontraban sus pisadas en el otro extremo de la Laguna, y esto acrecentaba su odio hacia la loba.
También tenía abrevaderos nocturnos en la Calderera y la creencia de que tenía su madriguera en unos abrigos escarpados de la zona rocosa de Valdetajas. Es por esto que, los apriscos cercanos: Corral Blanco, Chatino, Las Cañadas y los propios de Valdetajas, entre otros, fueron abandonados por sus pastores ante el temor de ver reducido a cero el número de sus ovejas.
En los últimos meses, los escarceos de la loba habían crecido y eran innumerables las cabezas de ganado que habían causado baja. Todos relataban las fechorías de la misma en sus rebaños: saltaba las tapias de los apriscos, por altas que estas fueran, y entraba en las parideras. Al día siguiente, ni rastro del animal que faltaba.
Se habían organizado cuadrillas de vigilancia nocturna (todas bien armadas con escopetas, trabucos, palos y hoces) y si bien es cierto que había descendido el número de fechorías, pues sólo se habían contabilizado doce reses desaparecidas, nadie pudo ver una sola pista de la loba. Era como si se la tragase las entrañas de la tierra y cuando el hambre le apretaba, saliese de ella para cobrar su tributo.
Ante el temor de las gentes a que sus rebaños quedasen diezmados y se acrecentasen las estrecheces de muchos, una comisión de los pueblos más cercanos: Cimballa, Monterde, Nuévalos y Campillo, acudieron al párroco de Llumes, mosen Emiliano, pues era conocido por su buena mano con los animales, a los que domesticaba hablándoles al oído; las caballerías más bravas, habían sucumbido a mosen Emiliano.
Mosen Emiliano escuchó la petición de los comisionados: la loba a de dejar de diezmar nuestros rebaños o, abandona estos parajes.
El Mosen, que antes de fraile había sido cocinero, les indicó que, amparándose en las leyendas de lobos, hubiese asaltadores aprovechados que se dedicasen a robar las ovejas de los apriscos, al fin y al cabo, no se encontraba ni rastro de ellas tras su desaparición. El secretario de Cimballa le contestó que, ese mismo invierno, un pastor y su rebaño habían sido atacados por la loba: el pastor se salvó del ataque gracias a sus perros, pero una de sus ovejas y una cabra fueron degolladas.
Mosen Emiliano accedió a la petición de los representantes a condición que nadie le acompañase en busca de la loba, a lo que accedieron con sumo placer.
Durante dos semanas, mosen Emiliano se recorrió las tierras de los valles del Piedra y del Mesa sin encontrar ni rastro de la alimaña. Durante ese período y los meses que le siguieron, no se supo de baja alguna en los ganados, por lo que, las gentes pensaron que sus plegarias se habían cumplido y dieron las gracias a quien creían su benefactor.
Llegó septiembre sin que se conociese fechoría alguna de la loba, pero, antes de la entrada del otoño, ésta volvió a atacar en las cercanías de Carenas y, la semana siguiente en La Aldehuela y a la siguiente en Castejón de las Armas.
Los comisionados de los pueblos volvieron a reunirse con mosen Emiliano quien les indicó que volvería a recorrer los campos en busca de la loba, siguiendo con la condición que nadie le acompañase, a lo que todos volvieron a acceder.
Mi abuelo, Antonio, pensó que lo mejor sería seguir a mosen Emiliano en su busca: podría defenderlo de posibles ataques de la bestia y caso de encontrarla, sabría como conseguía la encomienda del pueblo. Por las noches observaba como salía de sus estancias con algo envuelto bajo su brazo izquierdo, sin que pudiese saber que era. Noche tras noche se sucedieron sus salidas sin que pudiesen dar con la loba pero, la sexta noche (la noche del 29 de septiembre), mosen Emiliano se dirigió hacia el Monasterio de Piedra, y a la altura de la Calderera se detuvo. Desenvolvió el hatillo y puso en el suelo su contenido. Mi abuelo le observaba en la distancia tras unas matas.
Mosen Emiliano se puso a rezar y al cabo de unos minutos, mi abuelo escuchó como unos pasos se acercaban. Con la excitación propia de no saber lo que se les aproximaba, contuvo la respiración y tras breves segundos, perplejo y boquiabierto, pudo ver como hizo su aparición un inmenso animal: la loba. Lentamente se acerco hasta donde se encontraba arrodillado mosen Emiliano. Este alzó hacia la loba la figura que todas las noches le había acompañado, que no era otra que una reproducción de San Miguel Arcángel, y susurró unas palabras inaudibles para mi abuelo.
La loba hizo una reverencia con la cabeza, dio media vuelta y desapareció siguiendo los mismos pasos que la habían conducido hasta San Miguel. Mosen Emiliano se levantó y llamó a mi abuelo, al que increpó por no haber respetado sus condiciones.
Como penitencia por su desobediencia, le impuso construir una ermita a San Miguel Arcángel, lo que aceptó de buen grado. No obstante, sugirió a mosen Emiliano que, dado donde se encontraban estaba prácticamente al nivel del río y eran frecuentes las inundaciones que se producían, y por la distancia del pueblo, le sugirió construirla en el corazón de Llumes, en el montículo más elevado entre los dos brazos de río que lo cruzaban.
Y fue así como mi abuelo Antonio inicio la construcción de la ermita de San Miguel. Pronto se conocieron los motivos que le habían conducido a tan singular tarea, a la que se unieron los habitantes del Valle del Río Piedra, por lo que se decidió construir una ermita de mayores dimensiones que cubriese las necesidades de los muchos devotos que a partir de entonces tendría el Santo, de quien se encargó una talla de mayores dimensiones de la que paseaba todas las noches mosen Emiliano y que es la que preside el altar.
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